El fin del "abogañol": La justicia se dicta a los ojos.
Por: Misael Hernández García
Imagina enfrentar un problema tan
grave como la pérdida de tu trabajo, o que te nieguen la pensión de seguridad
social por la que trabajaste toda tu vida. Peor aún: que no se la quieran dar a
tu familia una vez que faltes en este mundo. Ante ese panorama, te encuentras
con solo dos opciones: aceptar la injusticia, o acudir ante un juez buscando
que garantice el respeto a tus derechos y los de los tuyos.
Si decides acudir a un tribunal,
sabes —ya sea por experiencia propia o por lo que dice la gente— que pisar ese
lugar no será nada fácil. Aún así, llegas decidido, aunque lleno de nervios,
temor, angustia y, muchas veces, con la decepción acumulada por el paso del
tiempo sin respuesta.
«Qué razón tenían», lo confirmas
en tu interior. No solo se trata de un lugar complejo, sino frío y de puertas
cerradas, donde es casi imposible recibir una atención cálida. Los servidores
públicos ni siquiera te miran; están sepultados bajo montañas de expedientes y,
muy probablemente, uno de ellos sea el tuyo. Buscas a quien tomará la decisión
de tu caso y, como era de esperarse, no conoces a las personas que decidirán si
tienes derechos o no. Nunca están y, mucho menos, tienen tiempo para atenderte.
Esa era la realidad de la
justicia laboral en nuestro país hasta el 2020.
Con la firma del Tratado de Libre
Comercio entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), las reglas del juego
cambiaron: ahora la justicia se imparte de frente, mirándonos a los ojos.
Sin embargo, este gran avance
corre un riesgo silencioso importante. De nada sirve tener salas modernas si
los jueces seguimos actuando como burócratas. Un juicio oral no puede ser solo
leer en voz alta un documento escrito. Como Juez de Distrito de carrera
judicial, entiendo que mi trabajo al dirigir una audiencia no es ser un simple
moderador de un debate entre abogados, sino ser quien dirija el camino para
solucionar un conflicto real, pero que el ciudadano pueda entenderlo a la
perfección.
Cuando inicio una audiencia,
tengo clara una idea: el papeleo, los trámites y el lenguaje jurídico y
rebuscado son los enemigos de la justicia rápida y cercana. Servir al que busca
justicia, significa hablarle —al trabajador y al patrón— en lenguaje claro y
directo, para que entiendan exactamente qué está pasando.
Debemos entender que las paredes
de los tribunales cambiaron, pero la verdadera modificación debe estar en
quienes nos ponemos la toga. El lugar del juez ya no es un escondite, es un
espacio para servir, para explicar, para darte el tiempo de hacer justicia. Una
justicia que escucha, que explica, que quita obstáculos innecesarios y que
resuelve rápido, es el único camino para que la sociedad vuelva a confiar en
sus juzgados.
Pero este no puede ser el
esfuerzo aislado de un solo tribunal. El verdadero reto que tenemos por delante
es lograr que esta visión humanista, clara y resolutiva impregne a cada jueza y
juez en todos los rincones del país. Mi compromiso personal y profesional es
luchar todos los días para que esta nueva cultura del servicio se multiplique y
sea la regla, no la excepción. Porque México no merece menos: merece un sistema
de justicia conformado en su totalidad por juzgadores que entiendan que nuestro
mayor honor no es portar una toga, sino tener el valor de cambiarle la vida a
la gente.
Sobre el autor: Misael
Hernández García es Juez de Distrito en el Octavo Tribunal Laboral Federal de
Asuntos Individuales en Xalapa, Veracruz. Defensor de una justicia pronta,
transparente y de puertas abiertas. Te invito a seguir conversando sobre la evolución
del sistema judicial en mis redes sociales @JuezMisael.

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